El inicio de la travesía

24 horas de viaje entre el continente americano y el europeo nos llevó al final del viaje a uno de los festivales más importantes del mundo: el Glastonbury. Una vez que por fin llegamos al terreno del festival nos tardamos exactamente 24 cervezas y una botella de tequila en que por fin nos asignaran un espacio para dormir y un camino para entrar. Una vez adentro vimos por qué la tardanza: a pesar de ser una ciudad entera (unas 250,000 personas entre asistentes, personal y voluntarios) todo está organizado cuidadosamente con gente bien orgullosa de la chamba que hace. Aunque llegamos de noche pues ya las chelas y el tequila habían hecho su efecto así que inmediatamente que dejamos las maletas nos fuimos a ver qué pedo con el tan mentado Glaston…

Para no perdernos porque la verdad ya era tarde, la banda estaba borracha y no teníamos ni mapas ni nada, nos fuimos a lo seguro y nos clavamos en el bar para los artistas y personal del West Holts Stage bien ataviados con nuestras chamarras y nuestras botas para la lluvia.

En el bar estaba tocando un DJ que como que no tenía mucho ánimo, pero como la banda estaba bien prendida agarramos la chela, salimos al patio frontal del bar y comenzamos a platicar con la gente (aunque a cuatro libras la chela difícilmente uno agarra la peda en estos lugares, la verdad…) y nos encontramos con que muchos sabían de nosotros, “la banda que viene de México”, nos decían, y nos contaban de cuando habían ido a Cancún, Tepoztlán o la Ciudad de México y de cuánto les gustaba nuestro país. Nosotros, con el pecho bien erguido, caminábamos como embajadores musicales de mesa en mesa, saludando, conociendo al resto de la gente con la que íbamos a compartir ese pequeño mundito llamado West Holts Stage.

Ya pasadas de las tres de la mañana y para que no nos diera el jet lag, decidimos irnos a dormir, porque al día siguiente nos esperaba una muy, muy buena pero larga jornada. Hasta ahorita, el Glaston ha superado las expectativas, veremos qué cuenta…

 

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